LA VENTANA ABIERTA
- Andrea H. Lara
- 17 sept 2018
- 2 Min. de lectura
Sucedió en una noche como hoy, un domingo cualquiera en la Ciudad de México, donde la vida de las personas transcurría con normalidad y conforme la oscuridad de la noche se acrecentaba, los sonidos y tránsito habitual de la calle comenzaron a disminuir.
En una casa humilde, habitaba una familia conformada por un matrimonio joven y sus dos hijos: una pequeña de 5 años y el niño de casi 3. Ya bien entrada la noche, cuando los niños se encontraban dormidos, la pareja recostada leyendo un libro y viendo la televisión en su habitación, se empezaron a escuchar extraños ruidos que se asemejaban risas.
Primero, la señora creyó que provenían del programa que su esposo veía, pero cuando levantó la vista de su libro notó que él ponía particular atención a esa risa que parecía estar ahora lejana.
- Seguro es en casa de la vecina, ¿no crees?- dijo él.
Antes de que ella pudiera contestar, notaron algo que les heló la sangre; detrás de sus cortinas amarillas vieron claramente pasar una bola roja. Ya no había risa, sino, un chillido horrible, como de algún animal que estaba siendo llevado al matadero.
Impactados por la escena, el matrimonio se miró por un segundo, acto seguido se pusieron de pie para correr al cuarto de los niños y asegurarse que estuvieran bien.
La habitación más cercana era la de la niña, sin embargo, el cuarto estaba vacío y con la ventana abierta de par en par. De inmediato, sus gritos y sollozos de preocupación se hicieron evidentes; corrieron al cuarto de su hijo. La puerta estaba cerrada con llave, lo cual era imposible, pues, los niños no tenían una y ellos jamás los encerraban.
El señor, con tal desesperación decidió abrir la puerta a como diera lugar, tardó unos minutos y cuando la abrió, ella estaba allí, parada, inmóvil, con un brazo extendido pero murmurando algo entre dientes.
Se acercaron a ella, tenía en la mano un mechón de cabello que seguramente había arrancado de su hermano y todo su brazo estaba rasguñado. Unos rasguños muy finos, de las uñas del pequeño, pero, en la cara, tenía una marca terrible, casi no tenía un ojo abierto por el zarpazo.
Cuando se aproximaron para preguntarle cómo estaba y qué pasó ella repetía algo entre dientes; mientras más se acercaban a la ventana abierta se percataron de unas marcas de fuego que había a su alrededor y por fin comprendieron lo que su hija decía, una canción que escuchó al acercarse a esa bola de fuego:
"Hoy en luna llena a los niños devoro. Si no hay tijera y protección, yo me los robo. Con un hechizo entre sueños yo me los robo y al fin destrozarlos y comerlos como monstruo carnívoro".

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